En 1931 Taxco era un pueblito quieto y todos eran pobres. Las pocas minas que se trabajaban eran de alto rendimiento, y explotaban sólo sus vetas más ricas, ya que la plata ofrecía pocas utilidades: podía comprarse a 15 pesos kilo. La minería, desde luego, había sido desde hacía 400 años la industria principal de Taxco, cuando en 1528 Alvarado, un teniente de Cortés, vino a conseguir plata para España. Ahora la plata se vende a más de 500 pesos el kilo. El mineral no escasea en la región de Taxco; pero la mayoría es de baja ley, y quizá rinde menos de tres kilos por tonelada de mineral.

                        Cuando Morrow me sugirió la conveniencia de crear una industria en Taxco, los vecinos no podían concebir que alguien quisiera comprar platería. Además, ¿quién desearía una hebilla de plata, si una de bronce dorado costaba menos?

En Iguala, cerca de Taxco, siempre habían trabajado el oro, y allí los orfebres consideraban rebajada su dignidad si empleaban su «arte» en el metal blanco. Sin embargo, persuadí a dos muchachos que eran buenos orfebres que vinieran de Iguala a Taxco. Renté un gran casco, un viejo edificio llamado La Aduana. Estaba semiderruido, tenía tres plantas, y aunque carecía de puertas, ventanas y escaleras, el piso se hallaba intacto. La renta era de 12 pesos mensuales. Allí comenzamos a fabricar hebillas de plata y aretes muy sencillos en forma de media naranja que podían venderse a dos pesos el par. Ese verano, Hubert Herring trajo el primer seminario (un grupo de editores y dirigentes cívicos) y permaneció en Taxco durante dos o tres semanas. Comenzamos a vender objetos de plata, a veces más de cien pesos al día. Parecía un buen negocio, y la tienda creció. Pude conseguir un grupo de hojalateros, algunos carpinteros y un herrero.

Sólo diez años más tarde, cuando vendíamos menos de ocho mil pesos al día, la tienda perdía dinero.

 Una vez, hacia las nueve de la noche, unos indios de Coatepec, donde hacían sarapes, tocaron a mi puerta para ofrecerme tejidos. Era gente buena de la montaña que, durante generaciones, sólo se había dedicado a cardar y a tejer lana para fabricar sarapes en un estilo tradicional muy sencillo. Las formas tejidas eran geométricas, y los colores, los naturales de la lana: negro, café y blanco. Les ordené que me hicieran un par de sarapes.

Se encontraban a mi puerta. Era una noche lluviosa; les pedí que entraran y les ofrecí cerveza. Después de un rato, les sugerí que quizá algún día podrían traer sus telares a Taxco y trabajar en mi tienda. Esta sólo fue una ocurrencia mía. Cuando ya la había olvidado, una mañana se presentaron tres familias enteras, con seis mulas en las que cargaban tres telares. Por fortuna había bastante espacio en La Aduána; hasta pude encontrarles lugar para que cocinaran y durmieran.

Era una buena noticia para los vecinos de Taxco, pues jamás habían visto trabajar allí un telar.

Algunos amigos de la ciudad de México deseaban una provisión de artículos de hojalata. La hojalata siempre se ha considerado en México como «la plata de los pobres». Algunas piezas antiguas eran extremadamente bellas. Persuadí a don Isidro Mejía, el hojalatero del pueblo, de que trajera a sus ayudantes al viejo edificio, y empezamos a trabajar la hojalata. Las posibilidades de este metal son casi ilimitadas. Ahora los artículos de hojalata se han puesto de moda para los interiores modernos y también son típicamente mexicanos.

Necesitaba muebles para mi casa, y contraté algunos carpinteros locales para que me hicieran armarios, sillas y mesas. Hubo amigos de la ciudad de México que encargaron con entusiasmo estos muebles sencillos y provincianos.

La tienda de La Aduana, que después se Ilamó Las Delicias, se había convertido en una especie de circo de cuatro pistas. Aquí debo hacer una confesión: la idea de establecer una platería, para mí sólo era un experimento interesante, pensando que, seguramente en seis meses, el negocio marcharía solo, y me vería en libertad de permanecer escribiendo en mi casa. Después de todo, se suponía que era escritor, ya que acababa de aparecer mi libro Little México.

Las Delicias comenzó a atraer la atención hacia Taxco, y le proporcionaba a la gente una excusa para ir allí. Hasta me invitaron a hablar en uno de los seminarios. Era un digno grupo de unas 25 gentes, y Trotsky estaba con ellos. La casa había sido amueblada con sillas de Spratling. Cuando terminé de hablar, me formularon preguntas. Recuerdo que una pequeña anciana me preguntó:

-Señor Spratling, ¿cuál es la expectativa de la gente aquí? No sabía qué responderle; no entendía el lenguaje de los sociólogos, y le pedí que se explicara. Ella me contestó:

-Me refiero a los viejos. ¿Qué sucede cuando envejecen?

 -Se mueren -le respondí.

 Otra persona me preguntó:

-¿La gente que trabaja en su tienda sabe leer y escribir?

-No creo conveniente que lo divulgue; pero sucede exactamente igual que en Nueva York: algunos saben leer y escribir y otros no  -le repliqué.

Desde el principio prosperó la tienda Las Delicias. Todo mundo gozaba de libertad y nadie vigilaba la hora. Los impuestos gubernamentales no ofrecían complicaciones; pero los municipales nos los elevaron. En cuanto el presidente municipal descubrió que realmente efectuábamos ventas, arbitrariamente nos subió los impuestos al doble.

En esta época, el general Cárdenas (entonces candidato a la presidencia) se hallaba efectuando su campaña, y en el programa de su gira se encontraba Taxco. El alcalde vino a la tienda y me dijo que necesitaba una gran llave de plata para obsequiarla al candidato. Trabajamos día y noche, ya que contábamos con poco tiempo. La llave era monstruosa y pesaba un par de kilos. Cuando se la entregué, el alcalde se mostró encantado; pero me advirtió:

-No se la pagaremos hasta el año próximo.

-No -le respondí-; deme los recibos de mis impuestos de los dos próximos años, o no le entregaré la llave.

Como no le pedía dinero en efectivo, cerramos el trato. Ahora las cosas son diferentes.

 Mis conocimientos de arquitectura me llevaron a interesarme en algo que los demás despreciaban, y logré buen éxito con la plata, la hojalata, los muebles y los tejidos; el arquitecto se interesa básicamente en los materiales y en sus posibilidades, en especial en relación con el diseño. Se debe tener conciencia de las posibilidades de un material dado y de las combinaciones que le son propias o quizá impropias. Por ejemplo, la plata, necesita presentar superficie, tener cuerpo y un peso convincente. Por otra parte, el oro por su misma rareza, tradicionalmente se ha trabajado con delicadeza y preciosidad.

Estoy convencido de que ciertos materiales tienen derecho de ser trabajados en una comunidad determinada, porque son originarios de ella, y la labor del diseñador consiste en utilizar estos materiales y dignificarlos. No tiene objeto importar a México piedras sintéticas alemanas, ni tratar de mejorar aquí, lo que ya han hecho mejor en China. La plata danesa la trabajan mejor en Dinamarca; los brazaletes zunis los hacen mejor los zunis; el encaje belga se fabrica mejor en Bélgica.

Cuando tuve que enfrentarme al problema del estilo, temí que mis artículos siguieran los pasos del tradicionalismo mexicano, y me remonté a los sellos del barro precolombianos en busca de ideas. A pesar de que era una aplicación impropia, tomar un diseño de barro y ejecutarlo en un material por completo diferente, al público le gustó, y se vendieron.

En realidad en México no ha habido una tradición continua en la platería, excepto en objetos coloniales: vasijas, candelabros y en especial artículos para uso de la Iglesia. Estos estilos provienen del pasado; por consiguiente, no podrían aplicarse con propiedad a las necesidades de un departamento ni de un comercio moderno.

Cuando la tienda Las Delicias comenzó a funcionar, casi lo único que en México se hacía de plata eran los pequeño aretes en forma de pescado que se fabricaban en Pátzcuaro y los collares forjados en plata de Yalalag, Oaxaca, y, desde luego, los adornos de plata para las sillas de montar.

Un estilo no se crea de la noche a la mañana. Debo confesar que desde los días de 1931, mi estilo ha tenido que recorrer un largo camino en la orfebrería mexicana.

    Hacia 1934, cuando Las Delicias comenzaron a crecer, decidí hacer un intento de fundir el mineral en Taxco como se usó siglos atrás. Desde luego, esto era un anacronismo; pero seguí adelante con mi idea. Renté una vieja fundición abandonada que se hallaba en la colina frente a mi casa.

    El mineral lo compré a los mineros sin empleo que estaban acostumbrados a trabajar las viejas minas de los montes.

    Muchos mineros eran buenos amigos míos y, desde luego, me convencieron de que era práctico el antiguo método de fundición. Después de todo, el horno estaba allí y el techo de teja se encontraba casi intacto. Esta gente me proveería de mineral para ensayarlo. Se produjo un contratiempo. Las pocas muestras que habíamos ensayado las habíamos tomado de la parte superior de los costales, y, naturalmente, contenían plata. Almacenamos estos sacos hasta que hubo suficiente mineral para realizar la primera fundición.

    Mis carpinteros construyeron un fuelle para avivar el fuego. Medía tres metros de largo, por dos de ancho. Para hacer los lados necesitamos tres vaquetas enteras. Después armamos el fuelle y le pusimos un contrapeso. De una viga del techo colgamos una polea y le pasamos una cuerda. Entonces estábamos listos para comenzar.

    Contraté equipos de hombres para tirar de la cuerda. Cada equipo se componía de cuatro individuos y tuvieron que trabajar continuamente durante 24 horas al día, cerca de tres semanas. Este fue el tiempo aproximado que nos llevó conseguir la temperatura necesaria para fundir el mineral.

     Esta actividad continua era un espectáculo muy dramático. Mis amigos venían de la ciudad de México y paseábamos en la colina de noche, bajo las estrellas, por los senderos que atravesaban las escarpadas barrancas, mientras observábamos el terrible fulgor y nos acercábamos a este antiguo mural viviente. Una noche García Cabral, Manuel Orta y René d’Harnoncourt se hallaban conmigo. La escena parecía tomada del Infierno de Dante, y aún recuerdo la expresión de estos habitantes de la ciudad que miraban desde la más profunda oscuridad el sudor que corría por las espaldas y los flancos bronceados de los cuatro hombres que tiraban rítmicamente del fuelle. En las caras de los espectadores se reflejaba el resplandor del horno, que rugía lanzando tonos azules y rojos hacia arriba. Después de tres semanas, pudimos abrir la compuerta de la parte baja.

    Las cenizas del pozo fueron apartadas cuidadosamente y aplanadas para formar una depresión. Después tiramos de la compuerta, y el precioso metal escurrió y formó un pequeño charco blanco. Mientras el charco de metal estaba aún incandescente fue necesario realizar una operación muy delicada que consistía en apartar la capa de encima del metal (el desperdicio) dejando sólo la capa más baja y pesada de la plata. Después de un rato, se enfrió y se endureció formando una plancha irregular. Fue un magnífico espectáculo mientras duró; pero la pequeña placa de plata tan laboriosamente producida con todo el mineral, pesaba cerca de 6 kilos y medio. En resumen, valía un poco más de cien pesos. Logramos realizar el milagro de producir plata en un país productor de plata, a un costo quince veces mayor que su precio en el mercado mundial.

    Además, había firmado el contrato de renta del horno sin advertir que tenía vigencia de dos años.

    En México la orfebrería siempre se ha considerado arte folklórico, y ha sido tradicionalmente producida para uso doméstico o personal. Estoy convencido de que el arte folklórico sólo es posible cuando se dispone de un grupo de gente felizmente ignorante, gente que puede concentrarse, y sentir necesidad de trabajar con sus propias manos a fin de  ganarse la vida. Su imaginación se desborda sin obstáculos en sus productos: ya sea labrar plata, tejer una simple tela de algodón, soplar vidrio o hacer cerámica.

     Al transcurrir el tiempo, he llegado a la conclusión de que México es uno de los pocos países en el mundo actual donde la gente tiene una actitud suficientemente sencilla, o una mentalidad simple, lo que hace posible aquí una buena producción de artesanías. Estoy seguro de que en Estados Unidos, la Norteamérica de ciudades y producción en masa, jamás veremos de nuevo artículos hechos de un modo normal por gente que desea trabajar con sus manos para ganarse la vida, porque en los Estados Unidos de hoy ya no se respeta a aquellos que trabajan con sus propias manos. Esto sitúa a México en una posición casi única y sólo comparable al de un número muy limitado de lugares en la superficie de la tierra. El artesano mexicano ha estado acostumbrado a resolver sus propios problemas. Jamás ha recibido ayuda de una organización o ha recibido subsidios del gobierno. Sin embargo, aún tiene los pies sobre la tierra.

    La orfebrería se aprende mejor directamente. Así, como sólo el hombre es capaz de engendrar al hombre, se necesita que el orfebre produzca al orfebre. Nunca les he dado clases a mis orfebres ni he intentado instruirlos en técnicas, excepto en diseños y eficacia. De este modo un buen artesano puede ser entrenado con medios que provoquen su ingenuidad y que fomenten su desarrollo cotidiano. Esto se parece a la producción de ciertas gemas. Cuando un pequeño fragmento de esmeralda se expone a ciertas temperaturas y se reproduce la exacta presión necesaria, y se combina con los materiales propios, el cristal original puede convertirse en una gran esmeralda de fina calidad.

    Las esmeraldas no se producen en Taxco, pero se forman orfebres de todas clases y temperamentos. Esto ha sido posible gracias al sistema de aprendizaje que inicié en la tienda de Taxco en 1931. El sistema casi se ha generalizado en México, y seguramente en los cientos de tiendas que existen hoy día en Taxco y en mi propia tienda de Taxco el viejo.

    Nosotros aún empleamos a los más jóvenes, a muchachos ansiosos de aprender y que también necesitan llevar dinero a casa. Al fin de la semana, el maestro decide si el muchacho muestra aptitudes, o, si no está interesado, se marcha, y su lugar lo toma otro que manifiesta una habilidad más definida. El sistema es muy realista y da resultado.

     Antes en Taxco sólo había un orfebre, don Melitón Gómez, tenía ochenta años y estaba casi ciego. Fabricaba a veces una cuchara para una ama de casa u ornamentos de plata para una silla de montar. En Iguala había muchos orfebres, y aunque les llamaban plateros trabajaban exclusivamente el oro. Su trabajo, en su mayor parte filigrana, se vendía y aún se vende hoy día en las aceras envuelto en papel color de rosa. Durante los tres primeros años, mi tienda Las Delicias era la única platería de Taxco. En 1940 muchos muchachos ya habían dejado Las Delicias. Con mi bendición y a veces mi ayuda habían establecido sus propias tiendas pequeñas. En 1940 sólo mi tienda empleaba más de 300 artesanos y no alcanzábamos a cubrir la producción. Hoy día hay más de 300 tiendas grandes y pequeñas en Taxco. También existen los charreadores, los orfebres en pequeño que trabajan en las noches en su casa en las montañas. Estos hombres proveen a muchas tiendas que compran y venden, y los pobres charreadores, que no pagan impuestos ni llevan libros, frecuentemente se ven obligados a vender a menos del costo su mercancía. Su producción, por lo general de plata de muy baja ley y calidad de ejecución, denigra el prestigio de la plata de Taxco. La platería valiosa debe ser […*] pérdida de prestigio.

    Cuando ocurrió el ataque a Pearl Harbor, me encontraba en Acapulco. A la mañana siguiente, regresé a Taxco a tiempo para asistir a una reunión de orfebres. Se hallaban a punto de formular una petición al gobierno para que les permitiera cerrar sus tiendas; creían que la guerra significaría el fin de su industria y terminaría con su prosperidad. Les dije que aún tenía algo de dinero en el banco, y hasta que se me acabara mi tienda seguiría abierta.

     En término de dos semanas, sucedió lo increíble: los dueños de muchas de las más elegantes tiendas de Estados Unidos se trasladaron a México, repentina y desesperadamente, en busca de artículos vendibles, es decir mercancías de lujo. De pronto Europa les había cerrado las puertas.

    Hasta que estalló la guerra, en Taxco casi todas las ventas habían sido por menudeo, y no existían pedidos por mayoreo para la exportación. La guerra realmente produjo profundos cambios en todas las industrias de México. La visión de Roosevelt y de Nelson Rockefeller, su coordinador, fue muy benéfica. Tuve oportunidad de hablar con Rockefeller sobre los problemas mexicanos, y le hice observar que los impuestos de la plata, que no competía con ningún artículo fabricado en Estados Unidos, eran en esa época de un 120%.

    Rockefeller, respondiendo a mi sugestión, logró que se redujera el impuesto de la plata a la mitad. Más tarde las tarifas se bajaron a casi un 25%. Debe advertirse que la política de RooseveIt (y también la de RockefeIler) consistió en preferir un México fuerte en vez de un país débil.

     Ahora muy poca gente recuerda que, mientras Estados Unidos bajó las tarifas aduanales, le sucedió una de las cosas más desastrosas a la industria de la platería que aquí apenas estaba en su infancia. El gobierno mexicano, a través de la Secretaría de Hacienda, a finales de la guerra, le aplicó tres diferentes impuestos de exportación a la artesanía de la plata, que gravaron el sudor de la frente de los artesanos mexicanos.

     Una vez visité a Ramón Beteta, amigo mío, entonces Secretario de Hacienda. Beteta sonrió y me dijo:

 -Bill, ustedes los plateros están ganando mucho dinero, y el gobierno tiene derecho a una parte de sus ganancias.

-Ramón -le dije-, ¿has conocido a algún platero rico? Yo jamás en mi vida he visto a uno.

      Los orfebres nunca se vuelven ricos. Esto sólo ocurre cuando se convierten en una compañía insensible.

Lo que sucedió, después de terminar la guerra, fue que este increíble mercado de exportación, que había sido como un regalo para México, se terminó. Las principales tiendas de Estados Unidos de nuevo compraron sus artículos de lujo en Europa. El jefe de compras de Saks Fifth Avenue, me dijo: «Si el gobierno mexicano nos hace esto ahora, qué nos hará el mes próximo.»

    México perdió su oportunidad, y la industria platera de Taxco se arruinó. Los cinco millones de dólares gastados en publicidad no pudieron recuperar ese maravilloso mercado perdido. Los impuestos de exportación se suprimieron tres meses después de que terminó la guerra; pero el daño era irreparable. En los años siguientes, la orfebrería en Taxco se ha mantenido a flote y aun ha logrado un pequeño avance, aunque con dificultades. Esta dificultad consiste en dejar contentos a los turistas con artículos de muy baja calidad.

   Por otra parte, las grandes dificultades que ha enfrentado han surtido cierto efecto purificador. La competencia, que ha obligado a los que jamás habían demostrado un criterio, a fabricar piezas de muy baja calidad, ha producido un efecto contrario en la minoría de los artesanos más creadores: ahora tienden a estudiar y a refinar sus diseños para conseguir una expresión más vigorosa y fresca en la platería. En otras palabras, al enfrentarse a una abundancia de concepciones menores, las piezas verdaderamente bien concebidas y ejecutadas destacan más por simple comparación.

     Desde luego, el diseño es el elemento más precioso, y, como observé antes, el estilo del diseñador no se puede lograr de la noche a la mañana. Nunca se consigue por azar. El estilo es resultado de las convicciones más sensibles de la persona, convicciones o tendencias, que ha practicado y experimentado durante meses, o aun años. Así, y a veces repentinamente, un sentimiento oculto o estilo comienza a surgir en todo lo que el hombre hace, y la pieza puede reconocerse como hechura de una determinada persona. Es algo difícil de definir.

    Siempre he procurado conseguir la mayor simplicidad y superficie en la platería, y el logro de una línea refinada. Como afirma Greta Pack en su libro La joyería mexicana, publicado por la Editorial de la Universidad de Texas: «… el diseño no es en sí un oficio, sino el resultado de plantear y resolver un problema del oficio». A esto yo añadiría que los diseños sobre el papel pueden parecer muy hermosos, pero una vez realizados, pueden tener éxito o no. Desde un principio mis diseños nunca han tenido la intención de ser «un oficio en sí mismos». A menudo los dibujo en pedazos de papel o en el reverso de sobre inútiles.

     Cuando se ha realizado un anillo de plata puede producir una sensación completamente diferente de la que ofrecía dibujado en el papel. Puede ser vuelto a diseñar una y otra vez, y ejecutado seis o siete veces antes de que quede listo para ofrecerlo a la venta. Me agradó mucho que Greta Pack afirmara: «Los diseños de Spratling son inconfundibles.»

       Existen materiales capaces de combinarse con la plata en una manera muy bella y tradicional, otros hacen que el metal parezca frío e insensible. Una fina amatista de los Urales, color morado oscuro, absolutamente perfecta, montada en plata, puede fácilmente confundirse con una piedra sintética. El elevado costo de la gema no está de acuerdo con la naturaleza económica de la plata. Por otra parte, de las minas de Taxco, y al sur de este pueblo, en la región del Balsas se obtiene una amatista de color orquídea con impurezas que le dan a la piedra mucho carácter. Es barata y puede combinarse magníficamente con la plata. A pesar de todo, hay gente que insiste en que una fina amatista, que vale dos mil dólares, sea montada en un anillo de plata que quizá vale cincuenta pesos, lo que demuestra falta de criterio.

    Durante el Renacimiento italiano, tenían muy poco oro, y usaban la plata dorada, en la que montaban grandes esmeraldas, perlas, y otras gemas que requerían una montura más rica. Poca gente comprende esto y se esfuerza por darle color a la plata dorándola (y nos dan una esmeralda para montarla). Muy pocos saben que existe una amplia y antigua tradición en el empleo de la plata dorada.

    La plata engastada en maderas finas también tiene una gran tradición. Cuando el gobierno de Puerto Rico me pidió un estudio de la posibilidad de fabricar allá platería, llegué a la conclusión de que Puerto Rico podría obtener ganancias más altas y ofrecer un producto más fino si usaba la plata sólo para adornar sus maderas preciosas. Mi idea no tuvo éxito y no la aceptaron.

    La combinación de oro engastado en plata, exquisitamente trabajado, también resulta una mezcla muy afortunada, según mi punto de vista.

    En relación con el acabado de la plata, creo que todo mundo puede entender que en una pieza escultórica, que ofrece tres dimensiones para ser admiradas y vistas, el acabado opaco es preferible por la sencilla razón de que una superficie muy pulida arroja reflejos a su alrededor, a la vez oscuros y claros, y en una fotografía este artículo aparece fragmentado. Sin embargo, hay una razón psicológica que explica por qué los aretes de acabado opaco no se venden, y sí los de superficie brillante. Inconscientemente la mujer usa joyas para atraer la mirada del hombre, y los acabados brillantes atraen más rápidamente la atención que los opacos.

     La plata con obsidiana ofrece un fino y marcado contraste. La concha de tortuga también se combina bien con la plata; ofrece una sensación de frescura y posee una larga tradición. Los artículos hechos en América Central y al sur de México durante los tiempos de la Colonia, frecuentemente eran de concha de tortuga con arabescos de plata.

    Recuerdo que hace algunos años, René d’Harnoncourt, a quien se debe la maravillosa labor de vivificar la platería entre los indios del suroeste, me dijo que había llegado a la conclusión de que la definición de un maestro consumado era «aquel que puede reconocer un instrumento, una herramienta superior, y lo utiliza». Mucha gente tiene la firme idea de que donde entra la maquinaria, desaparece la buena artesanía. René y yo nos hallábamos de acuerdo en que si esto fuera verdad, deberíamos eliminar las laminadoras, y sin plata aplanada y laminada ningún orfébre podría comenzar a trabajar. Los martillos y las pulidoras también tendrían que ser eliminados.

     Esto me recuerda los años de 1930, y aunque me sonroja admitirlo, mis antiguos orfebres, que provenían del interior, usaban las hojas de una planta local para rebajar la áspera superficie de la plata, en vez del papel de esmeril de varios grados que ahora podemos utilizar. El nombre de la planta, tlalchichinole, ahora lo han olvidado la mayoría de los orfebres de Taxco; pero fue usado muy eficazmente. El reverso de la pequeña hoja seca tenía una superficie dentada como una lima. En aquella época, para pulir una pieza de joyería, para darle el acabado final, el orfebre se enrollaba las mangas de la camisa, y se esparcía un poco de piedra pómez a lo largo del brazo y procedía a pulir vigorosamente la plata sobre su propia carne. Los plateros de la actual generación se reirían a carcajadas si vieran hacer esta operación hoy día. Ahora todos tienen una pequeña rueda para pulir y un disco de tela, y el proceso de pulir se realiza en un momento, mientras el orfebre platica con su vecino que trabaja también con su rueda de pulir.

     Mientras todo esto ha sucedido en la industria de la platería, ¿qué ha pasado en el resto de Taxco? Los muebles que tan modestamente fabriqué para Las Delicias hace muchos años, ahora son uno de los principales productos de Taxco y algunos son muy bellos. En Taxco se trabaja la cerámica y se cincela el hierro. Elizabeth Anderson, ahora octogenaria, que vino a vivir a mi casa hace muchos años, se interesaba en los antiguos bordados finos (la tradición del trabajo de agujas es inherente a las mexicanas) y al diseñar vestidos al estilo nativo, creo una nueva industria en Taxco. Sus creaciones aparecieron con frecuencia en la revista Vogue, y se exhibieron en las tiendas de modas de Nueva York, San Francisco y la ciudad de México. Tachi Castillo, diseñadora de fama mundial, ahora trabaja en Taxco.

    Taxco celebra sus propias fiestas. Hacia 1932, efectuó una pequeña celebración, un banquete, para inaugurar Las Delicias. Desde entonces, todos los años los trabajadores celebran este día cada vez con mayor entusiasmo. En 1934 o 1935, a la gente de Taxco se le ocurrió que la fiesta se debía celebrar oficialmente. La legislatura del estado de Guerrero declaró fiesta oficial «El Día de la Plata de Taxco», y así se inició la Fiesta de la Plata.

   Año con año la fiesta se vuelve cada vez mayor y más ostentosa, y en 1940, casi se podía comparar con el Festival Cinematográfico de Cannes. Acudieron invitados de Nueva York, Acapulco, Argentina e Italia, también vino Dolores del Río: apareció Cantinflas, que fue proclamado «hijo favorito de Taxco». La gente lloró de alegría al verlo. El gran Baile de la Plata se celebró aquella noche y fue memorable, excepto por la ligera nota de publicidad que se puso furtivamente (un anuncio que decía Pepsi-Cola) atrás del trono de la Reina de la Plata.

   Sólo hasta hace poco toda la organización de esta fiesta muy tradicional, propia de Taxco, se ha puesto en manos de una sociedad civil no lucrativa, lo que significa que la antigua celebración del inicio de la industria de la platería se ha vuelto sacrosanta y, como lo desea seriamente el pueblo de Taxco, continuará realizándose con fiestas cada vez más gloriosas.

     Durante una de las celebraciones de la Fiesta de la Plata, recuerdo que me comisionaron para invitar a algunas estrellas de cine. En México, Dolores del Río y Cantinflas se hallan entre los más queridos, y han sido idolatrados durante muchos años.

     Una mañana fui a invitar a Mario Moreno, mejor conocido en el mundo con el nombre de Cantinflas. Su casa entonces no era tan grande como ahora; sin embargo, aun entonces era muy rico, y poseía un aeroplano que el mismo piloteaba (algo que teníamos en común además de que ambos habíamos sido nombrados «hijos favoritos de Taxco»). La vajilla del desayuno era magnífica. Jorge Piñó Sandoval, el Walter Winchell de México, también estaba presente. Nos sirvieron de desayuno tunas frescas, chilaquiles, y desde luego, frijoles refritos. La conversación fue muy animada. Recuerdo que Jorge acusó a Mario de haberse casado con su mujer por interés, pues cuando ambos trabajaban en una función de segunda clase, se casaron, y ella ganaba ocho pesos y Mario sólo seis pesos por noche.

    En ese momento llegó el mozo a la mesa y le avisó a Cantinflas que había un grupo de indios que esperaban en el jardín para hablar con él. Decidió que sería mejor terminar pronto el asunto. Todos nos trasladamos al corredor del frente, donde el hombre principal del pueblo, sombrero en mano, comenzó su pequeño discurso: Don Mario, sabemos que usted es uh gran benefactor, y que quiere a nuestra gente. En el pueblo tenemos una iglesita, pero enfrentamos un grave problema, don Mario, la iglesia no tiene reloj, y le rogamos que nos regale uno. -¿Cuántos padres de familia hay en su pueblo? -preguntó Mario con un ligero tono de malicia. El viejo contó lentamente con los dedos, y llegó a la conclusión de que eran once. Mario se volvió al mozo y le ordenó: -Dile a la señora que les de a mis amigos dinero suficiente para comprar once relojes de pulsera.

[Traducción de Carlos Valdés]

Revista de la Universidad de México.  No. 11. Julio (1968)